Domingo 16 de junio de 2019
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El nuevo golpismo, sus recursos, falacias y riquezas mal habidas
12 de octubre de 2018

Luego de la crisis de 2001, surgió una logística afinada que “maneja” la nueva pobreza. Manejada por algunos movimientos sociales e intendencias de ciertos municipios del conurbano de Buenos Aires, Córdoba y Rosario, agitan el fantasma de los saqueos y la desestabilización de la democracia.

La denegación mutua de legitimidad, esa mácula irresuelta de nuestra cultura política, ha adquirido en nuestros días ropajes nuevos. El kirchnerismo, la izquierda populista y algunos otros segmentos políticos encubiertos pretenden instalar un conjunto de prácticas que perfilan el golpismo del siglo XXI. Se trata de la última expresión de un fenómeno que registra profundas raíces históricas. Rastreemos brevemente sus antecedentes.

Desde la unificación del país en 1861 hasta 1880, los pronunciamientos revolucionarios cívico-militares prácticamente se reiteraron uno tras otro en cada cambio de gobierno. Ya consolidado el Estado Nacional, la Revolución de 1890 acabó fracasando aunque el presidente Miguel Juárez Celman debió renunciar sucedido por el vicepresidente Carlos Pellegrini.

Desde entonces, la posta de esta letanía de las guerras civiles fue tomada por el partido radical que se pronunció en dos nuevas oportunidades: 1893 y 1905. El “abstencionismo revolucionario” yrigoyenista se erigía como una épica moral reparadora respecto del “régimen falaz y descreído”, una degeneración histórica.

El acuerdo de 1910 entre Hipólito Yrigoyen y el presidente Roque Sáenz Peña plasmado en la ley electoral de 1912 habilitó la llegada del radicalismo al gobierno, cuatro años más tarde. No deja de ser una paradoja que 14 años después, en 1930, haya sido Yrigoyen la víctima del primer pronunciamiento cívico militar exitoso desde la Organización Nacional. Suele interpretarse a la Revolución de ese año como el punto fundacional del golpismo militar del siglo XX. Tal vez sea más verosímil concebirla como el último estertor de los pronunciamientos del XIX.

Trece años más tarde, una nueva Revolución derrocó al gobierno del conservador Ramón Castillo. Pero ésta sí encarnó un fenómeno nuevo: en un siglo jalonado por masivas conflagraciones mundiales como la que por ese entonces se libraba, las Fuerzas Armadas cobraron un protagonismo político desconocido. No fortuitamente, fue en el interior de ese régimen militar que se incubó el segundo capítulo de nuestra democratización de masas. Los militares sustentaron su superioridad erigiéndose en la “reserva moral de la Nación” cuyo brazo autoritario y regenerador intervino una y otra vez frente a enemigos situados fronteras adentro. Se sentaron, así, las bases de un verdadero pretorianismo político bajo la forma de un poder militar que desde mediados de los ´60 y hasta la guerra de las Malvinas pretendió constituirse en sistémico. Su autofagia durante la última dictadura y tras la debacle de Malvinas, abrió cauce a la actual democracia. Sus últimos estertores se hicieron sentir durante los levantamientos “carapintadas” de los ´80 erradicados definitivamente a fines de 1990.

Dos años antes, sin embargo, reapareció subrepticiamente el huevo de la serpiente. La democracia nació condicionada por uno de los saldos de la reestructuración económica comenzada una década antes: la nueva pobreza social. Durante los 80, se expresó mediante una saga de movilizaciones novedosas: desde las ocupaciones ilegales de tierras hasta los saqueos a centros comerciales a raíz del brote hiperinflacionario de 1989. Este último, obligó al presidente Alfonsín a resignar el gobierno a su sucesor, Carlos Menem, seis meses antes de los plazos establecidos por la Constitución.
El hecho pareció, en principio, un mero accidente de nuestro curso democrático. Pero a fines de 2001, una rebelión de características aún más masivas obligó a renunciar a otro presidente radical; esta vez, promediado su mandato.

Las cosas fueron entonces diferentes: aquello que diez años antes fue la expresión espontánea de masas desesperadas devino en una logística afinada en clave de la administración de la nueva pobreza a cargo de movimientos sociales e intendencias de algunos municipios de los conurbanos de Buenos Aires, Córdoba y Rosario.

El fantasma de los saqueos reapareció a partir de la tercera administración kirchnerista, ni bien el ciclo expansivo de la economía encalló hacia los comienzos de esta década. Tales fueron los episodios de diciembre de 2012 y 2013; a veces, impulsados por opositores rebeldes dentro del oficialismo y otras apadrinados por este último en contra de los primeros.

El gobierno que asumió en 2015 vivió acechado por sectores políticos y sindicales que juraron su derrocamiento en el momento oportuno mediante una conjunción de movilizaciones que, como en 1989 y 2001, habrían de concluir --según ellos-- en una ola de saqueos. Según el nuevo discurso destituyente, el Pueblo Verdadero y esencial se manifiesta menos mediante el voto que épicamente “en la calle”.

Todo gobierno que no responda a sus expresiones políticas y corporativas “naturales” será una dictadura disfrazada por las “formas”. El actual, por caso, es sólo un accidente motivado por la capacidad de engaño de los medios masivos de comunicación al servicio de los grandes intereses antipopulares y antinacionales. Las movilizaciones de los aparatos que organizan a los carecientes subsidiados son debidamente auspiciadas por artistas, deportistas, pseudo periodistas e intelectuales de alta exposición mediática. Ni más ni menos que nuevos vinos en viejas odres.

He ahí uno de los grandes desafíos de los días por venir: advertir los reflejos y movimientos fisiológicos del nuevo golpismo desmitificando sus falacias difundidas como verdades absolutas por sus corífeos clarividentes y providenciales. Y, sobre todo, desmantelar sus recursos operativos de riqueza mal habida por multimillonarios erigidos en los representantes de los pobres.

Jorge Ossona es historiador, miembro del Club Político Argentino.
Fuente Clarin

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