Miércoles 1 de marzo de 2017
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En el país de Sarmiento, un caos educativo
20 de diciembre de 2016

Por Alberto Amato

Al final, no sabemos qué tan educados estamos. Qué tan educados somos, va a costar mucho más trabajo y esfuerzo comprobarlo. El papelón argentino en la última prueba internacional PISA que se tomó en septiembre de 2015, y que midió la calidad educativa en setenta y dos países y regiones del mundo, no pudo ser más grande. Nos echaron. Por negligencia o picardía, es decir, por ineptitud o por estupidez, las respuestas de 6.349 chicos argentinos de quince años fueron rechazadas porque el gobierno de Cristina Fernández no cumplió las reglas elementales de participación en esa prueba: debió enviar una muestra basada en trece mil escuelas y envió sólo las respuestas de diez mil. “Olvidaron” enviar el concurso de tres mil escuelas (no ocho o diez: tres mil) que ya antes habían participado de la prueba y que debían ser evaluadas con el resto. Hicimos trampa y nos echaron de la clase.
Hay que anotar la deshonrosa hazaña al kirchnerismo, que pretendió instalar una cultura de Estado basada, entre otras cosas, en datos falsos o falseados, en interpretaciones históricas que extrapolaban el pasado al presente, en propuestas éticas y estéticas que iban desde la definición de Nación hasta el valor del cerdo en la dieta del argentino común, todo tendiente a decretar una vida feliz en la granja Argentina, a ser posible sin voces disonantes. A ese zafarrancho se le llamó “relato”.

El relato educativo ya había aplazado al kirchnerismo. Los resultados de las pruebas PISA, conocidos en 2012 dieron un resultado desastroso para el país, como lo describió el ex rector de la UBA, Guillermo Jaim Etcheverry. El estudio, hecho entonces en 65 países, reveló que los chicos mejor preparados correspondían al 25% más rico, a los hijos de los profesionales y a quienes iban a los mejores colegios. En la Argentina era exactamente igual. “Pero resulta alarmante comprobar -decía Jaim Etcheverry- que los mejores de la Argentina están por debajo de los peores de 30 países. Vale decir que los hijos de los argentinos más ricos, de los profesionales argentinos y los que van a las mejores escuelas argentinas, están peor que los hijos de los más pobres, que van a las escuelas peor equipadas y cuyos padres hacen tareas elementales en treinta países”.
Ese era la polvareda que gestaba este lodo que hoy desconocemos, porque el país fue expulsado de la evaluación por intentar hacer trampa. Y si no fue engaño, estafa o fraude, se trató de un acto de incapacidad rayano en el delito.
El drama de la Argentina no parece ser el analfabetismo, es decir, la gente que no sabe leer. El drama argentino es que la gente que sabe leer, no lee. Y algunos llegan a ocupar cargos muy altos en los poderes del Estado.
A lo lejos suenan la pícara queja que Gabriel García Márquez imaginó en la boca de la madre de su Patriarca indescifrable: “Si hubiera sabido que mi hijo iba a ser Presidente, lo hubiese mandado al colegio, señor”.

Fuente: CLARIN

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