“Polenta con remolacha”
16 de septiembre de 2026
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Durante la actividad conmemorativa que se llevó a cabo en la plaza San Martín (Ver Aparte) se leyó el relato de una de las sobrevivientes, Emilce Moler, que repasa su experiencia mientras estuvo secuestrada y que reflejó en un libro: “La larga Noche de los Lápices”.

–Nada –le respondí al juez Reboredo.

–Le reitero: ¿En una semana que estuvo en el centro clandestino denominado Arana no le suministraron ninguna comida?

–Exacto. Me daban agua, pero mis compañeras de celda, Hilda y Ana, me previnieron que no tomara líquido después de la tortura porque me iba a hacer muy mal, por la electricidad. Después de varios días intentaron darme algo sólido. Fue el 21 de septiembre, nos sacaron a una especie de patio a varios de los presos que estábamos allí. Querían que “festejáramos” el día de la primavera. Nos hicieron sentar en el piso y nos pedían que cantáramos. Yo apenas podía sostenerme. Un guardia me trajo un té y un pedazo de manzana, pero no llegué a probarlos porque me desmayé, y cuando me desperté ya estaba en mi celda –dije en mi declaración.

–¿Y cuándo volvió a comer? –continuó el juez, a cargo del Juicio por la Verdad, en la ciudad de La Plata.

–Después de más de diez días. 

–Comé algo piba, si seguís así vas a pasar entre las rejas –me dijo el guardia que estaba de turno en el Pozo de Quilmes. El “Gordo”, como le decíamos, era uno de los guardias más humanitarios, junto con otros dos, Raúl y Beto, a quienes ser amables con no- sotras les costó su cargo. Me traía Pancután para curarme las quemaduras de los brazos que me habían hecho con cigarrillos en Arana. En cambio, “el Viejo” se ensañaba con nosotras.

– Caminá, bicho –me gritaba mientras me llevaba por el pasillo hasta el baño.

Había una letrina maloliente y una pileta de lavar honda, con agua fría. Muchas veces me aguantaba de ir con tal de no llamar al “Viejo”.

Mientras caminaba me iba pegando con el manojo de llaves en todo el camino. Y cuando me devolvía para la celda me tiraba en la cabeza un chorro de un líquido frío, de olor fuerte, penetrante, que quemaba los ojos. Así conocí la acaroína.

De a poco empecé a comer lo que me servían.

Nunca entendí por qué mezclaban polenta con remo- lacha. La traían en un bol de plástico redondo. A veces teníamos que esperar a que el guarda se fuera para comer, porque nos teníamos que sacar la venda y las tiras de las manos. Así que se enfriaba bastante, la grasa se solidificaba y se pegaba por los costados. Y si tenía la venda puesta, la podía sentir en mi paladar. Pero lo más sorprendente fue que me encantaba. A veces traían fideos, pero yo esperaba que me tocase polenta con remolacha: muy salada, con algunos pedacitos de carne con grasa. Me la comía toda, no dejaba nada en el plato. Yo que siempre había comido sin aceites, ni grasas, ni frituras, no podía creer que me gustara eso. Era un deleite.

A los pocos días de estar en Quilmes, a la madrugada, abrieron la celda. Preguntaron por mí. Me puse el gamulán que usaba de colchón, me calcé los zapatos sin cordones y, temblando, comencé a caminar. Conocía esa ceremonia: traslado, tortura, muerte. A los pocos metros un policía me sacó la venda y me desató las manos. Me dieron un espejo y un peine.

–Arreglate un poco, vas a tener visitas –me dijo el policía.

Temblaba de miedo, no sé si por lo que me podía pasar o por el rostro que acababa de ver. No me reconocí. No había peine que alcanzara. Caminamos unos pasos, me dejaron en una oficina, yo temblaba. Se abrió la puerta y apareció mi papá. Nos abrazamos. La cara de mi viejo se iba trasformando mientras me miraba.

–¿Qué te hicieron estos hijos de puta? –alcanzó a decir con voz entrecortada, mientras observaba mi cuerpo y los ojos se le llenaban de lágrimas.

–Ya estoy bien. Quedate tranquilo.

–Un subalterno me llamó y me dijo: Moler, su hija está en la Brigada de Quilmes. Si va a la madrugada, lo dejan entrar. Y nos vinimos. Mami está abajo, no la dejaron pasar. 

–¿Cómo está Fernando?

–Bien, lo vemos con muchas medidas de seguridad. 

–Decile que se vaya de La Plata, por favor, decile eso.

–No creo que me haga caso. ¿Vos cómo estás acá? –¿Me puedo ir con vos, papá? ¿Me podés llevar? –No, no, querida.

–Yo no salgo más de acá, ¿no?

–Tu vida depende de Camps y de Etchecolatz. –¿Quiénes son?

–Dos hijos de puta. Etchecolatz fue subalterno mío y le metí un sumario por chorro. Anda vociferando: “¡Que venga Moler a pedir por su hija…!”.

–¿Y qué vas a hacer? Si no querés, no vayas.

– Estoy reuniéndome con todos los que me abren las puertas, pero está difícil. Tené paciencia. Una chica, Claudia Falcone, ¿está con vos? La mamá me vino a ver por si teníamos información.

– Estuvo conmigo en Arana, pero en el traslado la bajaron antes. No está acá, debe estar en otra comisaría. Por favor, avisale a la familia de Nilda Eloy que está viva. Andá a la casa, tienen un quiosco en La Plata.

–Bueno. Mami te preparó unas comidas, espero que te las den.

Nos abrazamos fuerte, no le quise decir que me dolían los huesos cuando me estrujaba, era un dolor que me hacía bien. Terminó la visita. Me volvieron a vendar y a esposar. Me pasaron a otra celda un poco más grande junto a Patricia y me prohibieron que dijera nada de este encuentro. Al rato apareció un guardia, con un paquete.

–Te lo manda tu viejo. 

Me saqué la venda y las esposas, abrí el paquete y apareció la tarta de jamón y queso, con la masa casera de mi mamá que me encantaba. Le pedí que les repartiera a mis otras compañeras de celdas contiguas. Me quedé con un pedazo que lo fui saboreando de a poco. Cada bocado me llevaba a mi vida de antes del infierno. Había tenido otra vida, casi lo estaba olvidando. Me fui guardando pedacitos para darme pequeños placeres en esos días, hasta juntar miguitas.

Muchas veces nos salvaban los presos comunes que estaban en planta baja y los domingos recibían visitas. Si los guardias lo permitían, nos subían algún resto de comida casera, manjar inolvidable de esos días. Pero nunca hubo nada igual a ese primer pedazo de tarta de jamón y queso. Me di el lujo de rechazar la comida por casi dos días: con eso me alcanzaba. Aunque cuando vino la polenta con remolacha, no pude decir que no. Postergué la tarta. Miraba el bol grasiento a través de la venda. Esa era mi comida ahora. ¿La tarta? Una ilusión, el afuera, lo que quizás nunca iba a tener nuevamente. Con cada bocado pensaba en mi casa, mi patio, almuerzos apurados para salir corriendo a hacer las miles de cosas truncadas…

A no ser desagradecida: ¡Bienvenida, polenta con remolacha!

 

Qué fue la “Noche de los lápices”

 

El 16 de septiembre de 1976, hoy hace 50 años, diez jóvenes secuestrados por reclamar por un boleto estudiantil en la ciudad de La Plata seis de ellos aún permanecen desaparecidos.

Horacio Úngaro, Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner y Daniel Racero permanecen desaparecidos. Quienes sobrevivieron fueron Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y Emilce Moler.


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