Entre el 1° de abril de 2023 y el 31 de octubre de 2025 se notificaron en Argentina 22.249 intentos de suicidio, de acuerdo con el Boletín Epidemiológico Nacional elaborado por el Ministerio de Salud de la Nación. El registro surge del Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud (SNVS 2.0), donde este evento comenzó a notificarse de manera obligatoria como parte de una estrategia para mejorar la prevención y el abordaje integral del problema.
Del total de casos informados, el 95% correspondió a intentos sin desenlace fatal, mientras que el 5% terminó en muerte. Traducido a números fríos, hay 17 intentos no fatales por cada uno que termina de la peor manera. El propio informe aclara que el aumento sostenido de las notificaciones no puede leerse automáticamente como un crecimiento real de los intentos, sino también como el resultado de un sistema de vigilancia más amplio, más activo y con equipos de salud cada vez más sensibilizados.
Al mirar el detalle por género, aparece una de las claves del fenómeno. Las mujeres concentran el 61% de los intentos notificados, pero los varones presentan un riesgo mucho mayor de que el intento sea letal. Mientras solo el 2,1% de los intentos de mujeres terminó en muerte, en los varones esa proporción asciende al 10,8%, una diferencia que se repite casi sin excepción en todos los grupos etarios y que obliga a pensar estrategias diferenciadas.
La franja etaria más golpeada es la de adolescentes y jóvenes. Los mayores niveles se registran entre los 15 y los 34 años, con picos alarmantes en los grupos de 15 a 19 años y de 20 a 24. En el primero, la tasa alcanza los 124 casos cada 100.000 habitantes; en el segundo, 114. En la mayoría de las edades, las mujeres presentan tasas más altas de intentos, con una sobrerrepresentación marcada en la adolescencia.
Las formas también dicen mucho. Casi la mitad de los intentos se da a través de la sobreingesta de medicamentos, una modalidad claramente más frecuente en mujeres. En los varones, en cambio, predominan métodos de mayor letalidad, como el ahorcamiento, la estrangulación o la sofocación, que además concentran la mayoría de los casos con desenlace fatal. El uso de objetos cortantes representa alrededor del 16% de los intentos, mientras que armas de fuego, saltos desde altura o siniestros viales aparecen con menor frecuencia, pero con consecuencias mucho más graves.
Otro dato que sacude es el lugar donde ocurren los hechos. El 85,7% de los intentos sucede en la vivienda, muy por encima de la vía pública. Esto pone en primer plano el rol del entorno familiar y comunitario y deja en claro que la prevención no puede recaer solo en hospitales o consultorios, sino que debe atravesar hogares, escuelas y espacios cotidianos.
Los antecedentes asociados muestran un entramado complejo. Cerca del 20% de los casos presenta diagnóstico previo de un problema de salud mental y una proporción similar registra intentos anteriores. A eso se suman consumos problemáticos de alcohol, cocaína, enfermedades crónicas y otros factores que suelen combinarse en una misma persona. No hay una única causa ni una única respuesta posible.
Desde el Ministerio de Salud insisten en que la vigilancia todavía está en proceso de consolidación y que los datos deben leerse con cautela. Pero el mensaje de fondo es claro y contundente: el suicidio y los intentos de suicidio son prevenibles. Visibilizar el problema, registrar todas sus formas y sostener políticas públicas integrales no es una opción, es una urgencia. Porque detrás de cada número hay una historia, y porque llegar a tiempo puede, literalmente, salvar una vida.
Fuente: El Día
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